Blackrabbitsmo: La verdad tiene muchas caras

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            Ricardo se quedó sin palabras. Era un alivio saber que su líder y amigo no había tenido nada que ver con la masacre.

—Si tú no has tenido nada que ver con esto, ¿quién ha perpetrado ésta barbarie?

—Te mentiría si te dijese que no tengo sospechas de quien ha podido ser.

— ¿Quién? No me dejes con la duda. Habla ya —exigió Ricardo nervioso.

—Me da vergüenza contarte esto. Espero que no me juzgues. Todo lo que he hecho, ha sido por el bien de la gente.

— ¿De qué hablas? —preguntó Ricardo sin entender nada.

—Desde hace unos años tenemos personas infiltradas dentro de la Iglesia Blackrabbitsta Oficialista. Nuestros agentes dobles se han infiltrado hasta las más altas esferas de la institución. Su objetivo era cambiar poco a poco los preceptos de la Iglesia sin ser detectados. Como esos parásitos que se van haciendo con el control de su anfitrión. Ayer tuve una reunión con ellos. Tuvimos una fuerte discusión —dijo Alejandro agachando la cabeza avergonzado.

— ¿Qué pasó? ¿Por qué discutisteis? —preguntó Ricardo todavía perplejo por el relato de Alejandro.

—Esto que te voy a contar no lo sabe nadie Ricardo. Solo ellos y ahora tú. He perdido la fe en el Conejo.

— ¿Qué dices? —preguntó Ricardo indignado.

—Cada día que pasa me cuesta más creer que el Conejo exista. Si lo piensas bien tiene mucho sentido. Al principio comencé dudando de lo que la Iglesia Blackrabbitsta nos venía contando desde hacía tres siglos. No me encajaban las cosas. ¿Un dios que quería que lo comieran?

—Claro Alejandro, no tiene sentido. Por eso no comemos conejo. Tú nos enseñaste eso. Como también nos enseñaste que no era necesario seguir esas reglas estúpidas sobre llegar al trabajo después de las ocho y media los viernes. ¿Por qué iba a castigarnos el conejo por eso? No es lógico. Pero lo que tú me estás diciendo ahora es que no crees en la existencia del propio Conejo Nuestro Señor.

— ¿Cuál es la diferencia, Ricardo? —preguntó con tristeza —¿No ves que si ponemos en tela de juicio una cosa, deberíamos haber dudado de todo?

—No te echo de mi casa por el respeto que le tengo a una amistad que dura ya muchos años. Explícate, rápido. ¿Qué pasó con los infiltrados?

—Como te decía, me reuní con nuestros infiltrados esta mañana. Traté de hacerles ver que debíamos cambiar de planes. Teníamos que destruir las creencias desde dentro. Pero no para implantar las nuestras sino para acabar con esto de una vez por todas. Para acabar con la creencia en el Conejo. A ellos no les gustó la idea. Me llamaron traidor. Les dije que si no me ayudaban tendría que desvelar sus identidades a Bernardo II.

—No me extraña que te llamasen traidor.

—No lo entiendes Ricardo. Dentro de nuestra organización hay muchos radicales. Yo he sido el único que ha mantenido los actos violentos fuera de nuestro grupo. Si yo desaparezco mucha más gente morirá. Te conozco bien. Tú no eres así. No deseas que las personas sufran por sus creencias.

—No, claro que no. No sé qué pensar. Estoy confuso. ¿Quién es culpable del ataque entonces?

—No lo sé, pero es posible que hayan sido los infiltrados. Cuando salí de la reunión estaban realmente indignados. Esta mañana he intentado reunirme con Bernardo II para informarle acerca de los infiltrados, pero no me ha recibido. Ricardo piénsalo bien, con este acto consiguen que todos los focos se centren en mí. Por supuesto, la iglesia pensará que yo lo he organizado todo. De esa forma los infiltrados podrán continuar en su ascenso al poder. ¿Entiendes lo grave que es la situación? Esos locos no te representan.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Ricardo todavía irritado con Alejandro.

—De momento no queda otro remedio que huir.

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