En busca de Quetzalcoátl: El viaje a la morada divina

aztecacasa…anteriormente

            Los primeros rayos de sol iluminaron el campamento que los hombres habían montado la noche anterior. Tecolotl miró hacia las montañas donde se encontraba su objetivo. Esta vez parecía estar más lejos que el día anterior.  Sin embargo, no dejó que el desanimo le abalase.

            Llamó a Xocoyotzin que aún dormía exhausto por los más de setenta días de travesía. Éste, entre sueños, escuchó la voz de su líder.  Se levantó a toda prisa dirigiéndose a donde Tecolotl permanecía en pie.

— ¿En qué puedo serte útil, grande Tecolotl? –preguntó al ver que estaba impaciente.

— ¿Cuánto tiempo calculas que nos llevará llegar hasta la cima?

            Xocoyotzin, que era un gran explorador, echó un vistazo a la montaña. Observó la posición del sol  y meditó durante unos instantes.

—En una jornada estaremos allí.

—Magnífico, avisa a los hombres. Nos pondremos en marcha de inmediato. Una de las tripulaciones se quedará vigilando las embarcaciones. Las mujeres también esperarán.

—Pero…

—Está decidido Xocoyotzin. Las mujeres se quedan –Tecolotl le interrumpió antes de que pudiera completar la frase.

—De acuerdo —respondió Xocoyotzin a regañadientes.

            En poco tiempo todo estaba preparado para partir. Cien hombres emprendieron el viaje desde la playa sumergiéndose en las profundidades del bosque. Otros treinta y dos quedaron atrás cuidando de las embarcaciones. Veinte ahuianimes les habían acompañado en su travesía por el mar. Sin embargo, Tecolotl había decidido que las concubinas también esperasen. Quería que sus hombres estuvieran alerta. Si las ahuianimes les acompañaban su grupo no pensaría en otra cosa. Sabía que la decisión no había sentado muy bien entre sus guerreros. Pero como líder a veces debía tomar decisiones impopulares.

            Durante la jornada avanzaron más rápido de lo esperado. Algunas aves, para ellos desconocidas, les habían estado acompañando durante todo el camino. Yohualli tuvo que detener a algunos de los hombres que trataban de darlas caza.

—Insensatos, los dioses pueden ofenderse. Los animales aquí son sagrados —reclamó el chamán con indignación.

—Pero ¿cómo nos alimentaremos? Moriremos de hambre —preguntó uno de ellos.

—Yohualli tiene razón. Por el momento no debemos alimentarnos de estos animales hasta que los dioses nos den su permiso. De momento tenemos suficientes provisiones —dijo Tecolotl con autoridad.

            A medida que se acercaban a la montaña, la densidad del bosque fue disminuyendo hasta que una gran llanura apareció ante sus ojos. Un río cruzaba de lado a lado la explanada que tenían ante ellos. Varios guerreros comenzaron a correr con la intención de zambullirse en el agua. Algunos de ellos ya se encontraban con los pies mojados cuando Yohualli comenzó a hacer aspavientos ordenándoles que saliesen de inmediato del agua.

—Salid de ahí, seremos todos condenados por vuestra blasfemia.

            Tecolotl le agarró del brazo impidiéndole aproximarse al río.

—No voy a prohibir que mis hombres beban agua, Yohualli. Entiendo tu reticencia a comer animales, pero en el caso del agua no te apoyaré. Llevamos racionando agua más de quince días como prevención por si teníamos que regresar sin encontrar estas tierras. Ahora ya las hemos encontrado. Deja que se sacien ya que no lo han hecho en mucho tiempo.

—Seremos condenados por este acto Tecolotl, no digas que no te lo he advertido.

—Tú no estás sediento Yohualli. Eres el único para quien el racionamiento no es obligatorio.

—Yo soy la conexión con el mundo de los espíritus. Necesito estar bien físicamente. Mi cuerpo es un recipiente sagrado.

—Lo sé, pero si mis hombres se mueren de sed, tu cuerpo sagrado no podrá regresar a Tenochtitlán —dijo con ironía.

—Pagarás ante los dioses esta blasfemia.

—No te preocupes por eso. Yo me hago responsable.

            Todos excepto Yohualli bebieron y se bañaron en el río. Un grupo de una decena de animales de una especie desconocida se acercó a la vera del río. Algunos de los guerreros se colocaron en posición defensiva. Las bestias eran mayores que cualquiera de ellos, tenían cuatro patas y morro alargado. Un fino cabello caía a un lado de sus cabezas.  La manada de animales se mantuvo a una distancia prudencial. Tecolotl y sus hombres fueron tranquilizándose al ver que no se trataban de animales peligrosos.  Cuando intentaron acercarse a ellos la manada comenzó a correr. Eran unas bestias muy veloces. Jamás podrían alcanzarlos.

            Continuaron la jornada hacia la morada de Quetzalcoátl. Pronto tendrían que comenzar a subir la montaña. Los hombres empezaban a estar ansiosos por llegar y recibir los presentes y tesoros que les habían prometido al embarcarse.

            Al pie de la montaña divisaron unas pequeñas construcciones, que se encontraban muy próximas a ellos.

—Si Quetzalcoátl vive allí encima ¿quién vive aquí abajo? —preguntó Xocoyotzin intrigado.

—No lo sé. Investiguemos. Recordad que son dioses —ordenó Tecolotl.

            Entraron en grupo al conjunto de edificaciones. Varias casas rodeaban la plaza donde ellos se encontraban. Tecolotl llamó a cinco de sus mejores guerreros y les ordenó que le acompañasen. El resto debía permanecer en la plaza en estado de alerta.

            Los seis entraron en la construcción más cercana. Se trataba de una sola estancia. Se encontraba vacía. Estaba construida con piedra y algunas aberturas dejaban entrar la luz del sol. Era evidente que alguien había vivido allí. Pero por el aspecto de los objetos parecía que hacía mucho tiempo que aquel lugar estaba abandonado. Había restos de huesos de animales en cuencos hechos de barro. Quien quiera que hubiese vivido allí había abandonado aquel lugar con bastante premura. Una por una fueron revisando todas las viviendas que había en la aldea. En cada una de ellas encontraban la misma situación: restos de una vida que ya no fluía por las calles del poblado.

            Solo les quedaba una construcción por revisar. La mayor de todas. Debía de haber sido la morada de alguien realmente importante. Las ventanas estaban adornadas con cristales de colores. Antes de entrar Tecolotl y el grupo de cinco rodearon la construcción.

            En la parte trasera un montón oscuro de objetos apilados llamó su atención. Al acercarse quedaron horrorizados ante lo que allí vieron. Cientos de huesos y calaveras carbonizadas se amontonaban. Tecolotl no entendía que podía significar aquello. ¿Acaso no se encontraban en la tierra de los dioses? ¿Los dioses podían morir? Ambas preguntas estaban taladrando su mente.

            Un ruido proveniente de fuera de la construcción le devolvió a la realidad. Una piedra del muro que rodeaba la construcción había caído. Algo se movía detrás de la tapia.

            Tecolotl corrió acompañado de sus cinco guerreros. Al saltar el muro vieron un hombre agazapado tras las piedras. El corazón de Tecolotl comenzó a batir con fuerza. Por fin habían encontrado a un dios. Pero era diferente a como las leyendas contaban. Iba vestido de una forma muy extraña. Nunca había visto nada parecido. No tenía barba y si tuviera que adivinar su edad, Tecolotl no creía que pasase de ser un adolescente. Aún así todos se postraron ante él. El muchacho les miraba con terror en los ojos.

—Hemos realizado un viaje muy largo desde muy lejos. Venimos buscando a Quetzalcoátl y sus descendientes. ¿Es usted uno de ellos? —preguntó Tecolotl postrado ante el desconocido.

            Una cadena de palabras incompresibles salió de la boca del supuesto dios. Tecolotl miró a sus hombres tratando de ver si alguno de ellos había entendido algo. Al ver que estaban tan confusos como él se incorporó y dijo.

—Lo siento mucho, pero no hemos comprendido nada de lo que usted ha dicho. No comprendemos la lengua de los dioses. Llamaré a nuestro gran chamán para que se comunique con usted.

            Hizo un gesto a uno de los guerreros para que fuese a buscar a Yohualli.

            Al ver que uno de los hombres comenzaba a correr, el muchacho se asustó y huyó despavorido alejándose de la aldea. Tecolotl corrió tras él para pedirle que esperase a la llegada de Yohualli. Pero con esto sólo consiguió asustar más si cabe al muchacho. A las afueras de la aldea dio un brinco y se montó en uno de los animales que habían visto a la vera del río. Tecolotl se paró en seco y se quedó estupefacto. En unos instantes aquel chico había desaparecido montado en una de esas bestias entre los árboles. Controlaba a la bestia como si fuese una prolongación de sí mismo.

            Ahora Tecolotl si estaba seguro que habían encontrado a los dioses.

continúa…

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