En busca de Quetzalcoátl: El castigo de Quetzalcoátl

soga2…anteriormente

            Yohualli se había enfurecido al escuchar que el dios con el que se habían topado  había salido corriendo ante los ojos de Tecolotl y sus hombres. Quizá no tendrían más oportunidades de comunicarse con otro.

—De ahora en adelante, yo seré el primero en hablar con los dioses —ordenó el chamán a Tecolotl— ¿Ha quedado claro?

            A Tecolotl no le gustó el tono con el que Yohualli estaba dirigiéndose a él.

—No te olvides quién manda aquí. Estoy de acuerdo con lo que dices, pero no se te ocurra volver a hablarme en ese tono. Escuchad todos —dijo hablando para todo el grupo—, a partir de ahora sólo el gran Yohualli se comunicará con los dioses.

            A pesar de la insolencia de Tecolotl, el chamán se quedó satisfecho con el discurso.

—Pasaremos la noche aquí —dijo Tecolotl señalando a la aldea. —. La morada de Quetzalcoátl parece estar más alta de lo que esperábamos. Nos llevará otra jornada más alcanzar la cima.

            Tecolotl ordenó que los hombres se instalasen en las casas de la aldea. De ese modo no gastarían energía montando las tiendas. Al chamán no le convenció la idea. Sin embargo, ante el temor de pasar él solo la noche al raso,  decidió ceder esta vez. Por supuesto, exigió instalarse en la construcción más grande que había. Al entrar en seguida se percató de que aquella construcción se trataba de un lugar sagrado. Varios bancos de madera corroída estaban posicionados en dos filas dirigidas hacía un espacio ligeramente elevado. Al fondo se podía ver como la figura de un hombre dominaba la estancia.  Era una estatua de un hombre barbudo semidesnudo. Se encontraba con ambos brazos abiertos y sujeto a dos pedazos de madera.

            En la plaza los hombres habían montado una hoguera.  Pronto el olor característico del tlacolli inundó la aldea entera. Yohualli atraído por esta fragancia salió de su morada provisional. Un instante le bastó para comenzar a realizar los ritos y cánticos que el alimento de Quetzalcóatl requería antes de ser comido. Nunca antes había realizado una ofrenda a los pies mismos de la morada de uno de sus dioses.

            Tras la liturgia los hombres degustaron los alimentos y bebieron los brebajes ceremoniales, los cuales les causaron primero euforia y por último adormecimiento.

            Tecolotl mandó a sus hombres ir a descansar, salvo a dos de ellos,  a los que ordenó permanecer de guardia evitando de esa forma que algún animal les cogiese por sorpresa. Tecolotl siempre había sido precavido. La fama que le precedía no tenía igual. Cuando Moctezuma X le encargó esta difícil tarea nadie dudó que se trataba del mejor para llevarla a cabo. Sus empresas militares eran conocidas en toda la nación. Era un genio en el arte de la guerra. Había perfeccionado múltiples tácticas durante cientos de batallas. Por ese motivo las guardias nocturnas siempre eran habituales en sus campañas.

            Los cuerpos de los guerreros se agolpaban en el suelo de cada choza. Los aposentos de Tecolotl no eran diferentes del resto. Sus hombres de confianza descansaban a su alrededor.

            No tardó mucho en dejarse vencer por el cansancio. Unos sueños extraños le invadieron mientras dormía.

            Los animales que habían visto en el río se dirigían hacia él portando en sus lomos a un dios cada uno de ellos. Tecolotl trataba de protegerse. Las bestias llegaron hasta él y pasaron por encima aplastándolo contra el suelo. Al incorporarse vio como una pila de cuerpos, que se retorcían de dolor, ardía con voracidad. Los gritos que emanaban de la hoguera le despertaron sobresaltado. Todavía confuso, pensó que aún continuaba soñando cuando percibió que los gritos no habían cesado.

            La luz del sol ya asomaba por una de las ventanas. Los hombres a su alrededor se fueron despertando agitados por los gritos de sus compañeros desde el exterior.

            Todos, incluido Tecolotl, empuñaron sus armas y salieron de la choza corriendo. En el exterior el alboroto aumentó. Pronto vieron el origen del clamor. Los guerreros se amontonaban a las afueras de la aldea.

            Al acercarse Tecolotl comprendió el porqué de tanto escándalo. Los dos encargados de vigilar durante la noche colgaban de un árbol atados por el cuello. Sus cuerpos estaban inertes y parecían sin vida.

            Yohualli, al escuchar los lamentos del grupo, se acercó para ver lo que estaba sucediendo.  Rojo de ira comenzó a expeler insultos a todos a su alrededor.

—Os lo advertí insensatos. Hemos sido castigados. Este es el sacrificio que los dioses se han cobrado por nuestras continuas ofensas. Postraos y pedid clemencia.

            Muchos de los hombres obedecieron al chamán. Tecolotl también estaba inclinándose cuando cuatro de sus hombres aparecieron entre los árboles sujetando al mismo muchacho que había huido el día anterior.

—Le encontramos escondido. Estaba observándonos. Seguro que fue él quien los mató —dijo uno de los hombres señalando a los cuerpos que colgaban.

—No digas estupideces –rebatió Tecolotl — ¿No ves que este muchacho no tiene suficiente fuerza como para haber hecho algo así?

—Pero si es un dios.

—Eso está por ver ¿Se habría dejado capturar si fuese un dios?

            El joven parecía asustado e inquieto. Cada vez que su mano rozaba el cuerpo de uno de los guerreros se zafaba y la restregaba compulsivamente contra sus ropajes. Tecolotl se acercó a él.

— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

Yohualli que estaba observando todo desde cerca se interpuso entre el desconocido y Tecolotl.

—Habíamos acordado que a partir de ahora sería yo quien hablaría con los dioses.

—Está bien, adelante —respondió haciendo un gesto para que el chamán tomase la palabra.

—Me llamo Yohualli —dijo el chamán repitiendo su nombre varias veces mientras posaba la palma de su mano abierta contra su propio pecho— ¿Y tú? —dijo señalando al muchacho.

            El desconocido miró hacia los lados con miedo.

—Filipe —respondió con temor ante el asombro de todos.

continúa…

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