En busca de Quetzalcoátl: Retraso inesperado

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            La muerte de dos de sus hombres hizo que Tecolotl se replantease la subida hasta la morada de Quetzalcóatl. Era posible que hubiesen hecho algo equivocado. Yohualli le había convencido de que lo más prudente era que él mismo tratase de comunicarse con el muchacho que habían encontrado. Si conseguía hacerle entender cuáles eran las intenciones de la expedición, tal vez consiguiese calmar la ira de Quetzalcóatl.

            Durante siete días permanecieron acampados en la aldea. Yohualli, por su parte, durante todo ese tiempo puso todo su empeño en comunicarse con aquel que se hacía llamar Filipe, el cual se había instalado en sus aposentos.

            Transcurrido ese tiempo Yohualli había conseguido los primeros avances con Filipe. Se reunió con Tecolotl para contarle el progreso.

—Cuéntame todo lo que sabes —ordenó Tecolotl con desdén al chamán.

—El gran Filipe no quiere ser tocado. Es una de sus primeras condiciones para continuar comunicándose conmigo. Además todo día debe realizar un ritual de purificación lavándose todo el cuerpo con agua muy caliente. 

— ¿Te ha dicho cual es el motivo? —preguntó curioso Tecolotl.

— ¡No se deben cuestionar los deseos de un dios! —gritó Yohualli.

—Tranquilo, solo quiero entender…al gran Filipe.

—Es un dios. Esta fuera de tu comprensión. Pero hasta un niño pequeño entendería porque un dios no desea ser tocado por simples mortales.

—Comprendo —admitió Tecolotl sin convencimiento —. ¿Qué más te ha dicho?

—Me ha informado que en lo alto de la montaña no vive nadie. Él vive en una aldea lejos de aquí.

— ¿Vive Quetzalcóatl en esa aldea?

—Aquel que está al mando en su aldea tiene la piel pálida y barba —respondió Yohualli con solemnidad.

— ¡Es él, Quetzalcóatl! —dijo Tecolotl sobresaltando al chamán.

—Paciencia, Tecolotl. He rogado a Filipe poder conocer al gran Quetzalcóatl. De momento no nos lo permite. Debemos esperar hasta que el gran Filipe cambie de parecer.

—Haremos lo que mandas, gran Yohualli. Por favor, eleva tus plegarias para que podamos reunirnos con Quetzalcóatl. No podemos quedarnos tan cerca de lograr nuestro objetivo.

            Tecolotl salió de los aposentos del chamán. Aquel que se hacía llamar Filipe había permanecido escondido detrás de uno de los bancos de madera mientras Yohualli y él mantenían la conversación. El muchacho no les había quitado ojo de encima en todo el tiempo.

            A la salida Xocoyotzin estaba esperándole para conocer de primera mano lo que Yohualli había dicho. Tecolotl al percibir la mirada curiosa de su amigo hizo un gesto negando con la cabeza.

— ¿No sabemos nada todavía? —preguntó Xocoyotzin impaciente.

—Dime una cosa —dijo Tecolotl haciendo caso omiso a la pregunta de Xocoyotzin —. Tú y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, ¿no es verdad?

—Así es, Tecolotl.

—Nunca me juzgarías por tener dudas sobre algo importante, ¿no es así?

—Claro que no. Confío plenamente en ti, amigo.

—Xocoyotzin, tú eres más inteligente que yo. De hecho eres la persona más inteligente de esta expedición y me gustaría saber tu opinión. ¿Crees que ese tal Filipe es un dios de verdad?

            La pregunta cogió por sorpresa a Xocoyotzin. Se quedó blanco. No sabía que responder. Temía que cualquiera de las respuestas le podría costar la vida. Al final siguió su intuición.

—Tecolotl, tu pregunta es complicada, pero comparto tus dudas acerca de la divinidad del tal Filipe. Por lo que hemos podido comprobar hasta el momento, se trata de un simple muchacho al que hemos conseguido retener sin mucho esfuerzo y además no hemos sido castigados por ello. Los hechos me hacen pensar o bien que no se trata de un dios o que oculta muy bien sus poderes.

—Gracias, es lo mismo que yo pensaba —dijo con preocupación y continuó —. Le ha dicho a Yohualli que en lo alto de la montaña no vive nadie y que él vive en un lugar, del cual no ha querido desvelar su localización, pero que según él está lejos de aquí. El líder de este lugar es un hombre blanco y barbudo.

            El rostro de Xocoyotzin cambió al escuchar la descripción del líder de la aldea de Filipe.

—No te hagas ilusiones, ha dicho que de momento no tenemos permiso para conocerlo —aclaró Tecolotl. 

—Qué raro.

—Ah, y ha exigido que no le toquemos.

            Xocoyotzin hizo un gesto de extrañeza. Se quedó pensativo durante unos instantes y al fin dijo:

—Amenacémosle con eso. Tal vez así consigamos que nos lleve hasta su líder.

—Es una buena idea, Xocoyotzin, pero Yohualli jamás nos permitirá llevarla a cabo. Esperemos para ver qué sucede en los próximos días.

            Nada cambió. Los días y las noches fueron transcurriendo sin ninguna novedad, en la más absoluta tranquilidad. Tras la matanza de sus hombres Tecolotl había aprendido la lección. Ahora dejaba siempre una patrulla de quince guerreros haciendo guardia cada noche. Quienquiera que hubiera matado a sus soldados ya no se había atrevido a dar la cara.

            Al cabo de tres días la paciencia de Tecolotl se agotó. Ordenó a dos de sus guerreros que buscasen al chamán y le dijesen que habían encontrado a otro dios.

            El chamán salió a toda prisa de la construcción acompañado de los dos soldados que le habían ido a buscar. Cuando el trío estuvo lo suficientemente lejos Tecolotl entró acompañado de Xocoyotzin y otros dos guerreros de confianza, a los cuales ordenó que se posicionasen a los lados de las filas de bancos mientras Xocoyotzin y él recorrían el pasillo central buscando a Filipe. Con una coordinación metódica fueron recorriendo cada fila muy despacio. Al llegar a la penúltima, el muchacho salió corriendo saltando de banco en banco con gran destreza. Ambos guerreros al verle corrieron tras él hasta darle alcance, interponiéndose entre Filipe y la salida. Este al verse sin salida dio un brinco hacia atrás.

—Gran Filipe, tenemos que hablar —dijo Tecolotl con una cortesía fingida.

            Filipe hizo gesto haciendo ver que no comprendía sus palabras.

—Vamos a dejarnos de estupideces. Sé que me comprendes. Llevas diez días hablando con Yohualli. Si no nos llevas hasta dónde vives haré que mis hombres te retengan y no podrás evitar que te toquen.

            Filipe continuó con el mismo gesto.

—Está bien. No me dejas otro remedio. Cogedlo —ordenó Tecolotl a sus guerreros.

            Filipe puso un gesto de terror al ver que se acercaban a él. Cuando estaban a punto de cogerle Filipe dio un grito.

—Vale. Yo llevo. ¡No tocar! ¡No tocar! —dijo Filipe hablando de forma extraña.

—Quiero conocer a Quetzalcóatl —exigió Tecolotl con gesto de satisfacción.

—Sí, sí. Hombre con barba. Yo llevo.

—Partiremos ahora mismo ¿Dónde es?

—Arriba montaña —dijo apuntando con el dedo en alto.

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