Blackrabbitsmo: El líder

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Cuando sonó el despertador Alejandro llevaba un rato despierto. Había repetido varías veces en su cabeza todos los pasos y cada uno de los detalles que tenían que sucederse a partir de ese día. No estaba tranquilo sin embargo, el bullicio que había por todos los rincones de la populosa ciudad le inquietaba.

Madrid se había convertido de forma imparable en la ciudad con más población de Europa, las guerras que castigaron al viejo continente no habían causado tanto daño como en el resto de metrópolis.  En la ciudad existía el mayor porcentaje de blackrabbitstas del mundo y las guerras disfrazadas de religión no se fijaron en ella como objetivo. Asimismo, siguiendo las enseñanzas de El, se estaban multiplicando y una multitud de gazapos del señor fueron emigrando poco a poco hacía el resto de capitales, Madrid pronto se convirtió en ciudad santa y  sus barrios y pueblos periféricos crecieron descontroladamente.

Este crecimiento desmedido no pudo ser dirigido por las autoridades civiles, tampoco hacía mucha falta. La disciplina y obediencia que se asumían junto a la religión verdadera hacía innecesaria la supervisión administrativa.

Pronto la ciudad volvería a recordar lo que es pasar miedo.

Se levantó de la madriguera y se miró en el espejo, las canas se apoderaban de su pelo, la responsabilidad le envejecía. En verdad llevaba años sin hacer mucho en el trabajo, tras llegar a su cargo se dedicó a estudiar como podía llevar a cabo su plan. El baño estaba bastante sucio, pero se sentó en el vater y apretó. Sabía que si no se aliviaba en su casa luego no podría hacerlo en otro sitio y le esperaba un día muy largo, no sabía cuando volvería.

La soledad de la casa también le agobiaba, no tenía pareja y envidiaba esas familias de 7 u 8 hijos que se veían por la ventana. Era un día para estar en familia, un día bastante importante y él tampoco tenía. Se tomó el tercer chupito de hierbas antes de salir de casa, necesitaba coger valor.

Caminando por la calle el calor del sol en la cara le dio tranquilidad. Al pasar por el quiosco le saludó el vendedor:

– ¡Buenos días Alejandro! Un poco pronto sale de casa hoy ¿no?.

– Buenos días hermano. Hoy es un día especial ya sabe usted.

– ¡Y tanto que lo es! Pienso cerrar el quiosco a media mañana para asistir a los oficios. Además, no creo que venda muchos periódicos hoy.

 

Alejandro se marchó despidiéndose con un gesto de la mano, lentamente, con la cabeza agachada. Le daban pena los inocentes, pero era la única manera que se le ocurría.

continúa…

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