El renacer del imperio: El golpe

            Al fin había llegado el día en que una mujer gobernaría la República de los Estados Unidos Romanos. Appia Caelius Crispa se había convertido en la líder del Partido Republicano del Pueblo Romano hacía tan sólo un año y ahora estaba al frente de la nación que un día había sido la más poderosa de la Tierra. Sin embargo, la alegría no era completa. En la última década el partido imperialista, Grande Roma,  había crecido de forma inesperada, obteniendo el cuarenta por ciento de los sufragios en las últimas elecciones. Su propaganda xenófoba y racista en época de crisis, había hecho subir su popularidad entre las clases más desfavorecidas. Entre algunas de sus exigencias promulgaban la anexión de las antiguas colonias más allá del Mar Exterior.  Hacía dos siglos que las colonias se habían independizado, sin embargo, aún existían nostálgicos de la época en la que en Roma no se ponía el Sol.

            El presidente de la formación era a la vez su fundador, Gaius Iulius Nerva, el cual proclamaba a los cuatro vientos que era descendiente del mismísimo Iulius Caesar, dato que nunca había sido verificado. Y como tal descendiente se creía con el derecho de reclamar el Gobierno de la nación para refundar el Imperio Romano.

            En su juventud, Gaius tuvo bastantes problemas con las autoridades. En las revueltas del año 2758 a.u.c  fue preso por estar involucrado en la agresión a un agente que quedó tullido. Su paso por prisión no hizo más que afianzar la ideología que se estaba gestando en la mente de Gaius. A su salida de la cárcel publicó un polémico libro que en pocos meses se convirtió en todo un éxito de ventas, esparciendo sus ideas por toda la nación. Sus seguidores se multiplicaban por todos los rincones, desde la provincia de Hispania hasta la de Mesopotamia y desde Mauritania hasta Britania. No quedó una librería donde no se agotase su obra. En ella profundizaba en su odio hacia los descendientes de los antiguos esclavos, así como su posición contra el Imperio Mongol, el cual según sus teorías había conseguido hacerse con el liderazgo mundial gracias a los políticos corruptos y un sistema de gobierno obsoleto. En realidad esas teorías no iban muy desencaminadas.

            Hacía un siglo que Titus Nautius Aquila había pisado la Luna por primera vez, siendo el primer ser humano en caminar por el satélite terrestre y colocando el estandarte romano que demostraba la superioridad tecnológica de la nación. Desde ese momento el Imperio Mongol había superado en todos los objetivos espaciales a la nación romana. Marte y Venus eran colonias mongolas desde hacía varias décadas.

            Ahora Gaius y su partido tenían una representación importante en el Senado. Appia temía que esto supusiese más tensión en las relaciones con Mongolia. Tras más de medio siglo de paz entre ambas naciones, ahora existía un cierto miedo a volver a antiguas rencillas.

            El día de la investidura había llegado. El rostro de Appia mostraba preocupación. La campaña había sido muy estresante. Los continuos debates le habían dejado sin energía, pero ahora todo había llegado a su fin. Su destino estaba esperando. Tras la votación en la cual sería nombrada presidenta, se haría un receso en el que sería preparada para la ceremonia de investidura. Durante la votación los senadores  del partido Grande Roma habían permanecido ausentes en señal de protesta. Reclamaban que las elecciones no habían sido limpias.

            En el estrado el presidente esperaba para hacer entrega de la corona de laurel a Appia, una tradición milenaria heredada de la época del Imperio, que ahora tan sólo tenía un valor simbólico. La corona lucía espléndida en la cabeza de Appia.

            Una muchedumbre invadió el palacio donde estaba teniendo lugar la celebración, las puertas del salón se abrieron con brusquedad. Soldados uniformados interrumpieron el acto encabezados por Gaius. El clamor de los senadores era ensordecedor.

—Declaro este senado disuelto —gritó con autoridad Gaius.

—Esto es absurdo. Bajen las armas —ordenó la presidenta a los soldados.

—Estos hombres son fieles a mí y a Roma.

Dos hombres salieron de la bancada indignados vociferando.

—Esto es traición. Serán encarcelados inmediatamente —dijo uno de ellos.

            Gaius cogió el arma de uno de los soldados y acribilló a los hombres que habían salido a increparle. El Senado se quedó en silencio. Tan solo se escuchaban los sollozos de algunos senadores. Appia se había llevado la mano a la boca al ver a dos de sus compañeros asesinados a manos de Gaius.

—Ahora, serán obedientes. Entrégueme la corona —ordenó Gaius a la presidenta.

            Appia permaneció parada con pose digna. Un soldado se acercó poniendo su arma contra la cabeza de la presidenta.

—Entregue la corona ahora mismo —gritó el soldado.

            Appia se quitó la corona con lágrimas en los ojos y la tiró al suelo con un gesto de rabia. El soldado hizo un ademán de disparar contra la presidenta, pero Gaius hizo un gesto con la mano para que se detuviese.

– Tranquilo, recibirá su merecido en breve.

            Un tribuno del ejército se agachó para coger la corona y se la colocó a Gaius.

– Pueblo romano, saludad al nuevo Cesar –proclamó el tribuno.

—Gaius nuevo Cesar —gritaron los senadores del grupo Grande Roma mientras levantaban el brazo derecho en alto.

continúa…

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