En busca de Quetzalcoátl: La desesperación de Tecolotl

            Tecolotl oteaba el horizonte con ansiedad. Sus hombres empezaban a mostrarse impacientes. Si no encontraban pronto el hogar de los hombres blancos y barbados de Quetzalcoátl, su credibilidad iba a quedar en entredicho y su vida correría peligro. De hecho, en el hipotético caso de que su proyecto no tuviese éxito, él deseaba que sus hombres acabaran con su vida. De no ser así, el destino que le esperaba al volver a casa sería mucho peor. El emperador Moztezuma X había puesto todas sus esperanzas en él. El fracaso podía significar tan solo una cosa, confinamiento en los calabozos reales. Donde según cuenta la leyenda aquel que entra, sufre las peores torturas jamás imaginadas.

            El viento comenzó a soplar de tal forma que el rumbo se vio alterado ligeramente. Tecolotl abandonó la cubierta de inmediato. Sus hombres murmuraron al ver a su líder desaparecer tan rápido en el interior del barco. Tecolotl llegó dando grandes zancadas a los aposentos de Yohualli, chamán de la expedición. Aporreó la puerta hasta que se abrió dejando ver su interior.

– Adelante, Tecolotl. Te estaba esperando.

– Grande Yohualli, hemos cambiado de rumbo. ¿Qué significa esto? ¿Se trata de un buen presagio? –dijo con la esperanza de obtener una respuesta positiva.

– Tendré que consultarlo. Siéntate aquí –ordenó indicándole una alfombra en el suelo.

            Tecolotl obedeció al instante. El chamán abrió un armario, el cual contenía cientos de brebajes. Yohualli descorchó uno de ellos y derramó el contenido en su boca. La botella cayó de sus manos rompiéndose en varios pedazos. Sus ojos se tornaron blancos y sus rodillas se hincaron en el suelo. Los cristales se clavaron en sus piernas derramando sangre sobre la madera, sin embargo el chamán parecía no sentir dolor. Palabras ininteligibles brotaban de sus labios. Su cuerpo temblaba al ritmo del balanceo de la embarcación. Durante más de una hora, continuó aquella danza mística. Tras la cual, Yohualli cayó desplomado. Tecolotl, que había presenciado el ritual completo en silencio, comenzó a ponerse nervioso. El chamán no se movía y parecía que ni siquiera respiraba. Lamentablemente él sabía que no podía tocar al chamán. Su cuerpo era un recipiente sagrado. Cualquier toque durante un ritual podría significar el castigo eterno.

            El cuerpo de Yohualli, hasta ese momento inerte, se retorció con fuerza. El chamán comenzó a gritar. Parecía que mil demonios trataban de salir de su cuerpo. Yohualli se desplomó de nuevo. Pero esta vez, poco a poco fue recuperando la consciencia.

– Tecolotl, he hablado con los espíritus. Mi viaje ha sido fructífero. Los espíritus nos advierten que no tendremos éxito. Estabas equivocado. No existe nada más allá del océano infinito. Los hombres de Quetzalcoátl no habitan allí, si no en los cielos. Debemos regresar. Este cambio de rumbo es una señal. Un mal presagio.

– Pero no es posible. –dijo Tecolotl contrariado- La leyenda cuenta que Quetzalcoátl nos advirtió que los hombres blancos barbados llegarían desde el este. Estamos yendo hacia el este. ¿No es posible que el gran Yohualli haya podido malinterpretar a los espíritus?

– ¿Cómo osas? Eres un insolente. Yo no malinterpreto las señales. Los espíritus han sido claros. Y si no obedeces el castigo será eterno.

            La mirada de Tecolotl quedó sin esperanza. Él sabía que los espíritus no fallaban. Era el fin. Ahora no había nada que hacer. Salió del cuarto y se dirigió a la cubierta. Los hombres aguardaban expectantes su regreso.

– ¿Qué ha pasado, oh grande Tecolotl?

– He visitado a Yohualli para que pidiese consejo a los espíritus y para que interpretase el significado de este cambio de rumbo.

– ¿Qué han dicho los espíritus? –preguntaron varias voces al unísono.

            Tecolotl dudó acerca de qué respuesta darles a sus hombres.

– Los espíritus han dicho que llegaremos a nuestro destino en breve.

            La tripulación estalló de alegría al escuchar las palabras de Tecolotl. Este había mentido de forma intencionada. Cuando sus hombres descubriesen la verdad acabarían con su vida en el mismo momento. Al menos de esa forma se ahorraría años de sufrimiento en los calabozos reales. Tecolotl sentía que los vítores de sus hombres se perdían en la inmensidad del océano infinito. Más de setenta días de travesía le separaban de su familia. Allí en aquella nada iba a morir.

            Tecolotl no consiguió conciliar el sueño en toda la noche. Sabía que podían ser las últimas horas de su vida. El rostro de su hija apareció frente a él. Por la ventana, contempló la belleza del cielo estrellado tal como había hecho desde que su padre le enseñó el nombre de cada uno de los luceros. Sin las luces que inundaban su ciudad natal, la noche era aún más impresionante. Al final cayó rendido entre recuerdos y temores.

            Un nuevo día llegó. Alguien golpeó la puerta de su cuarto con fuerza. El ruido despertó sobresaltado a Tecolotl.

«Ha llegado mi hora» pensó.

            Abrió la puerta afrontando lo que el destino le tenía preparado. Dos hombres esperaban con nerviosismo al otro lado de la puerta.

– ¿Qué deseáis? –preguntó Tecolotl apesadumbrado.

– Hemos avistado tierra, señor.

continúa…

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